El resurgir del Circo romano
En el mundo romano, uno de los pasatiempos favoritos de aquella gente que habitualmente presidía el emperador, eran las luchas de gladiadores. En ellas, dos hombres armados con espadas y escudos luchaban hasta que uno de los dos dominaba completamente al otro. Llegado ese momento, el emperador decidía si el perdedor había hecho una buena batalla y merecía seguir con vida, o si su fracaso se debía a la debilidad y por lo tanto se veía condenado a morir. La vida del triste perdedor dependía sólo de si el emperador girara el dedo hacia arriba, quedando libre por lo tanto, o hacia abajo, dando rienda libre al rival para matarlo.
Esta imagen queda muy distante, pero podría establecerse una cierta relación que podemos denominar evolutiva con el deporte rey de nuestros días: el fútbol. El primer rasgo que diferencia una actividad de la otra es que en el circo luchaban sólo dos hombres y en el fútbol participan 22, e indirectamente también aparecen el árbitro y los entrenadores. En Roma era el emperador el que decidía si el perdedor debía morir o no. Pero es que hemos evolucionado incluso en eso. Ahora ya no vivimos en una monarquía en la que el único que opina y decide es el rey (o emperador), ahora somos una sociedad democrática y, por lo tanto, todos opinamos. Ahora es el aficionado el que, ante la actuación pésima de su equipo, condena a los jugadores, entrenadores o incluso al propio árbitro al castigo. Y tampoco lo hacemos como Julio César girando el dedo hacia abajo y dándole vía libre al rival para que termine con ellos, somos nosotros los que ya directamente lanzamos botellas, baterías de móviles, las bancadas en las que estábamos sentados o cualquier cosa que encontremos a mano.
Un ejemplo de este circo romano moderno es el golpe que recibió el pasado sábado cierto entrenador de fútbol español.

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