Álvaro Ussía, “in memoriam”
El sábado pasado, un joven de 18 años murió en Madrid a las puertas de una discoteca tras ser agredido por unos porteros de seguridad. El relato de los hechos es desolador:
“Todo comenzó sobre las cinco y media de la mañana, cuando Álvaro y unos amigos se encontraban en el local. Uno de los amigos del fallecido tropezó con una chica, que resultó ser novia de uno de los porteros de seguridad, y ésta decidió contárselo a su pareja, a quien le dijo que unos chicos le habían empujado y le habían hecho daño.Instantes después, el novio se dirigió al grupo de Álvaro, a quien finalmente acabó sacando del local. Una vez fuera de la discoteca, el portero, junto con otros dos compañeros, golpearon “brutalmente” al joven, según las declaraciones de los testigos, que han destacado que se ensañaron con él, le rompieron varias costillas y le partieron el pericardio -membrana que envuelve al corazón-, por lo que le reventaron el corazón. El muchacho quedó inconsciente, tirado en el suelo, en una zona ajardinada próxima a la discoteca. Cuando llegaron los facultativos del Samur-Protección Civil se lo encontraron en parada cardiorrespiratoria, de la que lo consiguieron sacar. Sin embargo, poco después Álvaro, que se encontraba en estado crítico, murió en el hospital Clínico.” (Fuente: El País)
La desolación que genera una historia así deviene de la asombrosa desproporción que existe entre la muerte de ese ser humano y la causa de la misma. Un accidente nos puede sorprender, nos puede asustar por hacernos evidente la fragilidad de nuestra vida, pero una historia como la que llevó a Álvaro a morir va más lejos porque nos conmueve ciertos principios.
Hay cuestiones secundarias que pueden y deben ser planteadas: si cualquier discoteca vale para cualquier tipo de cliente o si un chaval de apenas 18 años puede andar a las cinco de la mañana por ahí, o cosas así…; pero, más allá de ellas, el meollo del asunto es el que es: cómo es posible que tres personas se ensañen con otra persona con una violencia tal que lleve a esta a la muerte. Ojalá todo fuese un mal sueño (un accidente, por ejemplo, ojalá hubiese sido un accidente…; incluso, ojalá, el propio Álvaro hubiese decidido ya de antemano renunciar a una vida digna… ). Ojalá. Pero entre que los testigos no nos dejan y el propio Álvaro tampoco, no podemos sino pararnos a reflexionar.
Y resulta que la primera y única reflexión que se nos viene a la cabeza es una reflexión mil veces enunciada y mil veces recordada que, precisamente por eso, resulta terriblemente desconsoladora: “La violencia acostumbra a engendrar violencia.” (Brecht); “Sólo la violencia ayuda donde la violencia impera.” (Gandhi); “Lo que se obtiene con violencia, sólo se puede mantener con violencia.” (Corneille)
Dicho de otra forma: ¿por qué seguimos tolerando la violencia como una forma tolerable de comportamiento?, ¿por qué seguimos cayendo en el error de tolerar lo intolerable y solo reaccionar cuando alguien muere?, ¿cómo es posible que en un lugar de reunión de diversión para jóvenes se puede consentir que el pan de cada día sea la violencia como forma de ejercer la autoridad por parte de sus responsables?
¿A qué va a ser verdad que, después del desgarro y la denuncia, lo único que vamos a hacer es sentarnos a esperar otra desgracia?
O asumimos desde sea cual sea nuestro ámbito de influencia que la tolerancia con la violencia debe ser cero pues los riesgos atentan directamente contra la igualdad entre seres humanos, o reconocemos que aceptamos su uso como una vía más, válida por tanto, para dirimir los conflictos generados en la vida social de cada día. La distancia que va entre una actitud y otra es la misma distancia que recorrieron esas tres personas entre reaccionar ante el empujón a una chica como personas y reaccionar como reaccionaron, convertidos ya, irremediablemente, en simples ejecutores de violencia como forma de autentificar su existencia.
(Carlos Míguez)

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