En la muerte de Michael Jackson
El imprevisto (que no inesperado) fallecimiento de Michael Jackson ha provocado una excepcional reacción por parte de los medios de comunicación que, con mucho, resulta desproporcionada respecto de la relevancia del personaje. El lugar en la historia de la música de Jackson es incuestionable, pero es un lugar que tiene más bien que ver con los aspectos más superficiales de esta, curiosamente, aquellos que son los más valiosos en el arte contemporáneo en general; en este sentido, Michael Jackson era un genio. Pero respecto de lo otro, la demostración es clara si se piensa, por ejemplo, que una vez que su presencia musical se hizo prácticamente invisible, su música dejó de sonar. Jackson es el no va más de la música pop comercial y por ello es y será siempre una referencia; pero, más allá de eso, su valor estrictamente musical es muy limitado.
Así las cosas, el tratamiento informativo de su muerte intenta beneficiarse de esos aspectos más superficiales que caracterizan al personaje y, de alguna manera, los propios medios intentan sobredimensionar su relevancia como una forma de revitalizar lo que fue, pero ya no era, una noticia en sí mismo. Ni que decir tiene que el perfil simbólico del personaje (artista mundialmente conocido pero frustrado personalmente por su raza, y persona que lo tiene todo pero que ha de buscar en los niños la única compañía confiable) constituye una apetecible carne de culebrón para atraer espectadores.
En definitiva, su muerte va a ser como fue su vida: un espectáculo de masas. Mientras, a duras penas se nos dejará entrever algo de su extraordinario talento, ese que lo llevó a fundar la música pop de baile, de la que son herederos miles de grupos y cantantes a lo largo y ancho de todo el mundo.
(Por Carlos Míguez)

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