Sobre Daniel Pennac y su “Mal de escuela”

El escritor francés Daniel Pennac se hizo, hace unos quince años, extraordinariamente popular  entre los interesados en la didáctica de la literatura por un ensayo titulado Como una novela. En él realizaba un encendido elogio de la libertad del lector frente a la tiranía del deber de leer, apostando por un cambio de rumbo en la enseñanza de la literatura que supusiese sustituir una supuesta visión reverencial de las obras literarias por otra centrada en el diálogo abierto, lúdico y libre entre el lector y la obra.

El libro de Pennac, que coincidió históricamente con la extensión académica de una corriente de estudios literarios denominada estética de la recepción y, aquí en España, con la reforma educativa implicada en la Logse, tuvo dos consecuencias de muy distinto signo. Tuvo, por un lado, la consecuencia positiva de abrir el canon de lecturas con el objeto general de promover la lectura entre los jóvenes, antes que promover la lectura de unas determinadas obras, que es lo que se vendría haciendo hasta el momento. Pero tuvo también una consecuencia negativa, en tanto que degeneró en una visión de la literatura excesivamente opuesta a la tradicional; muchos encontraron en el libro un apoyo para convertir a la literatura en un simple entretenimiento, vaciándola por completo de sus valores estéticos, intelectuales y lingüísticos. En cierto sentido, el extraordinario auge de la literatura infantil y juvenil en estos últimos años debe mucho a esta obra de Pennac.

El Pennac de Como una novela, por lo tanto, era un Pennac subversivo: el típico escritor que dice algo que todos pensamos, pero que nunca nos atrevemos a llevar a la práctica. Además, era un Pennac peligroso, porque en su arrebato subversivo simplificaba aquello de lo que hablaba, y olvidaba que en literatura lo que nunca se puede hacer, precisamente, es simplificar las cosas. Con todo, la responsabilidad de Pennac es menor, probablemente, que la de algunos de sus lectores: está claro que muchos de ellos hicieron de su obra una lectura acrítica y, simplemente, se tomaron al pie de la letra algo que Pennac, probablemente, sugería que habría que tener en cuenta no solo en un contexto muy determinado, la enseñanza no universitaria, sino también con la idea que nunca con afán generalizador y, mucho menos, dogmático.

La capacidad de Pennac para dar en el clavo sigue presente en este nuevo ensayo que acaba de publicar, pero también el mismo tipo de riesgos que en el que acabo de comentar.

Pennac habla en Mal de escuela de los alumnos zoquetes. O sea, de los alumnos que no entienden. No de los que no estudian, ni de los que no quieren estudiar, ni de los que se portan mal, no: habla de los alumnos que portándose bien y teniendo interés, no entienden, no comprenden muchas cosas que se les explican o tienen que estudiar.

Lo interesante del libro es que Pennac habla en primer persona, porque, según nos cuenta, él fue uno de esos niños. Este es el principal golpe de efecto del libro, pues le permite demostrar de forma fehaciente su tesis principal: ser zoquete en la escuela no significa ser zoquete el resto de la vida. Pero en este golpe de efecto es donde está, precisamente, el principal riesgo de libro, que, como en el antes comentado, no es otro sino el simplificar las cosas.

Lo primero que habría que preguntarse, pues Pennac en el texto no lo precisa aunque su título, sin embargo, parezca dejarlo claro, es cuántos niños-zoquetes hay. Pennac llama mal de escuela (en francés en el original, Chargrin d’Ecole) a la condena que la escuela hace de esos niños, cerrándoles las puertas, a lo que parece, de su futuro solo porque en sus aulas no den la talla que se espera de ellos. ¿Dónde está el riesgo aquí? En el mismo sentido en que en su obra sobre la lectura su falta de precisión parecía dejar abiertas las puertas a hacer de la literatura un juguete, ahora Pennac deja puertas y ventanas abiertas a la posibilidad de que la escuela no sirva para nada, porque cualquier persona puede triunfar en la vida aun habiendo sido un zoquete en clase.

Pennac está, por lo tanto, simplificando las cosas por omisión, y cayendo en la trampa, también como le ocurría en el otro libro, de un determinado contexto cultural: aquí, ahora, el contexto de una sociedad que día a día nos demuestra a través sobre todo de la televisión que cualquier zoquete puede triunfar y ser alguien en la vida.

Por supuesto que Pennac no se refiere a ese tipo de triunfos, pero al hablar de sí mismo como el zoquete que se convirtió en profesor, parece como si quisiese decir: a fin de cuentas, eso quiere decir que lo que se ve en la escuela no tiene mayor importancia para el futuro.

Si nuestra intelectualidad educativa no estuviese ya tan atiborrada de lecturas geniales sobre cómo cambiar la educación, es probable que la lectura de esta obra de Pennac hubiese tenido, por lo que acabamos de ver, una consecuencia terriblemente negativa: en vez de asumir que el tipo de alumnos de los que habla Pennac es una minoría, se interpretaría que es la mayoría, por lo que habría que concluir que a la enseñanza actual habría que convertirla no en algo, mejor o peor planteado, que se le ofrece al alumno, sino en algo que dependa de lo que este pida.

Por lo demás, curiosamente, es probable que la que para mí es la idea más valiosa de su libro, pueda pasar inadvertida: Pennac nos dice que los profesores deben querer a sus alumnos. O sea, Pennan nos dice que antes de colgarse los disfraces de profesores y alumnos, hay que identificarse como personas, y establecer una relación de afectividad que luego pueda convertir la comunicación intelectual en algo no mecánico, sino profundamente humano. Que solo así es posible romper las barreras de incompresión que muchas veces hay entre unos y otros, y que solo así es posible dar un sentido pleno y profundo a la palabra educación.

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