Eluana Englaro: de cómo jugar con la vida humana

En los últimos años se han producido unos cuantos casos que han situado en primera línea de debate público a la eutanasia. Han sido anécdotas que inmediatamente han querido ser convertidas en categorías. Cuando digo anécdotas no quiero despreciar la intensidad del dolor humano que encierran esos casos, pero sí quiero situar en sus justos términos la frecuencia de unos casos que, en modo alguno, justifican el interés de algunos en sostener a toda costa un debate que parecen querer vender como de prioridad social absoluta.

Y eso no es así.

Está claro, entonces, que en origen, toda esta riada de opiniones que en los últimos tiempos se ha producido sobre la eutanasia no ha sido más que un medio que, una vez más, querría justificar el fin más habitual de nuestro tiempo: el constante acoso a una visión trascendente de la vida humana.

Con esa misión, algunos pierden el sentido de la realidad. No soy capaz de encontrar ningún argumento incontrovertible para impedir a una persona que quiere morir que pueda hacerlo. Los Estados actuales no pueden adoptar una postura religiosa y apelar a Dios como único dador válido de vida y muerte.

Sin embargo, aceptar la decisión de una persona en ese sentido significa hacerlo con todas sus consecuencias. Jugar con la vida es algo muy peligroso, porque abre las puertas a cientos de pesadillas totalitarias donde las vidas humanas son medibles con varas que ya no son solo la de la irreductible igualdad entre todos los seres humanos.

Si un Estado acepta que una persona pueda decidir cuándo poner fin a su vida, debe hacerlo de forma que quede claro, primero, que ese es un derecho individual cuya elección debe haber sido tomada de forma consciente y plenamente racional por parte de esa persona (y solo de esa persona), y, segundo, que es el propio Estado, como representante de la sociedad, quien debe asumir la ejecución de esa muerte. Dicho con otras palabras: el derecho a morir de un ciudadano implica que el Estado asuma para sí mismo el derecho a matar. Eso es jugar limpio y eso es asumir responsabilidades.

Porque lo que es humillante y de una crueldad inaudita no es solo que Ramón Sampedro tuviese que morir a escondidas y ayudado por individuos particulares, sino que una mujer como Eluana Englaro tenga que estar agonizando para que uno cuantos ideólogos de la muerte sientan que le están ganando la partida a alguien.

Una sociedad como esta que deja morir cruelmente a una mujer solo por el hecho de que algo así pueda servir para alimentar un debate de ideas, es una sociedad terriblemente enferma. Jugar con la vida humana es la tentación de quien hipócritamente desprecia a Dios porque en el fondo aspira a sustituirlo.

Qué miedo.

(Por Carlos Míguez)

2 comentarios en “Eluana Englaro: de cómo jugar con la vida humana

  1. Bravo, sencillamente bravo por el razonamiento.

  2. Acabo de publicar una reflexión sobre el tema. Y, de alguna forma, creo que voy por el mismo camino. No se puede estar jugando con la vida, lo más digno, de las personas. Yo, fue como algo impulsivo al leer unas noticias de Derecho a Vivir, apoyo mi razonamiento en algo tan sencillo como: si stop significa parar, permitir que una persona deje de vivir significa matar. No hay punto intermedio, ni justificaciones que puedan derivar en cambiar los conceptos.
    Nunca, a mi modo de ver, las consecuencias de dejar vivir a una persona, caso de Eluana, pueden ser esgrimidad como justificaciones para validarla como algo inservible y de deshecho para quitarla del medio. Igual ocurre con el aborto y eutanasia. Creo que ahí está la autotraición que muchos no ven en su propio ser. Y no lo dejan tampoco hacer a otros, porque eso significaría perder la razón y tener que abajarse. Su orgullo y sus suficiencia, querer ser como DIOS, les impiden aceptarlo. Ese es el único pecado: “el pecado de siempre”: la dichosa manzana.

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