¿Entregar los recursos o los medios a los países subdesarrollados?

 La situación en el tercer mundo es tan dramática que no admite soluciones unidireccionales. Lo primero que hay que hacer es mentalizarse de esa situación. Los datos apabullan, y en sí mismos constituyen la razón para actuar. Es inmoral buscar contrapartidas cuando lo que ocurre es lo que ocurre y es absurdo buscar razones históricas o políticas que nos obliguen a hacerlo. No se puede dejar a millones de seres humanos morir de hambre.

 

En este sentido, lo segundo que hay que asumir es que nuestra primera intervención debe ser de tipo asistencial. Podemos tener dudas acerca de si una limosna puede hacer algo con una persona, no podemos tenerla cuando estamos hablando de millones de personas. Ahí la limosna no es, en ningún caso, un dinero para dios sabe qué, sino un dinero para vivir cada hora. Miles y miles de personas pidiendo no piden para algo que no sea poder seguir viviendo.

 

Pero, obviamente, el pan para hoy no debe confirmar el hambre para mañana. Sin embargo, la ayuda al desarrollo solo podrá ser realmente eficaz si se configura como un proyecto con una implicación rigurosamente internacional y con unos objetivos que aborden tanto lo material como lo ético.

 

Por un lado, parece evidente que la ayuda no puede apoyarse en un número reducido de países. Dejando a un lado que eso no sería justo y sería incoherente con lo objetivo de la necesidad, supondría un riesgo futuro de que esos países alegasen méritos para beneficiarse de determinados aspectos derivados del desarrollo del tercer mundo. Por lo demás, el trabajo en equipo, con las inmensas posibilidades de poder así abarcar múltiples aspectos del problema, se presenta como la herramienta más adecuada.

 

Por otro lado, las necesidades materiales en infraestructuras y formación básica de ciudadanos para que en el futuro puedan valerse por sí mismos, no puede hacer olvidar que la democracia liberal es el régimen político que está indisolublemente ligado al desarrollo de nuestra civilización. No hay que tener miedo en esforzarse en difundir unos principios de organización social que día a día comprobamos como pertinentes para nosotros y que garantizan la indispensable igualdad entre los ciudadanos y el respeto a la ley. La implantación de determinados valores éticos, e incluso morales, es algo que va indisolublemente ligado a la posibilidad de un efectivo desarrollo del tercer mundo. Centrarse solo en la material sería enfocar de forma parcial el problema y, a la larga, constituiría la base de un fracaso inevitable.

 

Por Carlos Míguez, profesor de enseñanza secundaria.

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