La Iglesia, entre los preservativos y el sida

He aquí otro tema clásico que es motivo de irritación con la Iglesia católica. Benedicto XVI lo acaba de poner otra vez en boca de todo el mundo al declarar en Camerún que la distribución de condones para prevenir nuevos casos no es la solución al problema, sino que más bien agrava la situación.

El País le ha dedicado un cansino editorial que gira sobre una afirmación que en su misma formulación tan sencilla encierra toda la complejidad del problema; dice este periódico que “nadie, salvo la Iglesia católica, es capaz hoy en día de negar la eficacia del uso del preservativo para prevenir la transmisión del virus del sida.”

El Papa no ha dicho nada del uso del preservativo. El Papa sabe perfectamente que en una relación sexual con contacto genital el uso del condón asegura practicamente la imposibilidad del contagio del virus del sida. De manera que no es necesario hacer excesivamente el ridículo intelectual queriendo explicarle al profesor Ratzinger determinadas cosas.

Existe la mala costumbre de pretender que la Iglesia católica se exprese como un editorial de Prisa o como la ministra más progre del gobierno de Zapatero. Parece mentira, porque ya en sus extraordinarios años de pontificado Juan Pablo II dejó claro que no estaba en este mundo para emitir mensaje publicitarios ni soluciones fáciles para nada. Ratzinger, un intelectual de primera fila que sustentó ideológicamente toda la labor del anterior, sigue en esa línea. De hecho, mientras que la inmensa mayoría de los medios, progres o no, se han vuelto locos con lo del preservativo, solo unos pocos se han hecho eco de la prueba del verdadero compromiso de la Iglesia católica, que no es con otra cosa sino con la verdad. Pero, claro, cuando se trata de leer y de pensar, y de intentar ir al meollo de los asuntos, la mayoría lo que prefiere es resguardarse en el póntelo-pónselo o en cantar las excelencias de que una niña de 16 años pueda abortar.

Para el caso que nos ocupa, la Iglesia recuerda lo que es evidente: repartir preservativos no es combatir el sida en África. Como no es combatir los embarazos no deseados el repartir condones en los institutos de España. ¿O no estamos todavía convencidos de eso? Y qué duda cabe que si alguien se pone un preservativo no va a poder dejar embarazada a nadie…

Ni la Iglesia católica ni nadie tienen la obligación de refrendar políticas sociales de ningún tipo; tienen la obligación moral, como todo hijo de vecino, de no ofrecer información falsa a la población. Pero como la Iglesia católica no ha dicho nunca que el uso del preservativo no sea seguro para impedir el contagio del virus del sida de persona a persona o para impedir el embarazo, no hay caso. Por lo tanto, dejemos esta vía de confrontación ligera con el catolicismo y escuchemos a una institución que, como cualquier otra, tiene el derecho de poder expresarse libremente y de poder ser escuchada con libertad y sin interferencias interesadas.

El mensaje de la Iglesia es, siempre, un mensaje moral. Como tal, así hay que valorarlo. Y de la misma manera que nunca va a aceptar el supuesto derecho de eliminar la vida de un ser humano para poder así solucionar determinados problemas prácticos, nunca va a aceptar tampoco una visión puramente física de la sexualidad humana. El que no esté de acuerdo, que no lo esté; que no haga caso. Es su derecho. Pero la Iglesia tiene todo el derecho habido y por haber de reiterar su mensaje de que la fidelidad y la subordinación de la sexualidad al amor y la procreación son principios morales innegociables. Y, guste o no guste, se da la casualidad de que la implantación de este modelo de conducta sí sería, a la larga, mucho más eficaz en la lucha contra el sida que el espectacular, progre y modernísimo reparto de condones entre unos africanos que lo desconocen todo sobre hábitos saludables y conductas humanamente responsables en la relación con los otros. Una vez más, la ayuda al tercer mundo no puede consistir solo en utilizar la limosna como un modo de lavar conciencias y elaborar estadísticas; la verdadera vía para el progreso es, siempre, la formación de ciudadanos libres y con criterio.

Así, pues, si alguien tiene algo que oponer a la propuesta de la Iglesia católica, entonces que juegue limpio: que ofrezca un modelo de educación humana y sexual que pueda competir con el que ella propugna. No busquemos chivos expiatorios para encubrir nuesta incompetencia: ni la Iglesia ni la falta de preservativos tienen la culpa de que el sida no tenga fin en África.

(Por Carlos Míguez)

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