Arcadi Espada y el caso López de Uralde

De la cruz a la raya, impecable artículo (como muchos de los suyos) de Arcadi Espada.

GREENPEACE está muy indignada por el trato que recibe en una cárcel danesa López de Uralde, el militante ecologista que, haciéndose pasar por jefe de Estado, irrumpió en una cena de la Cumbre de Copenhague. Su acción puso en evidencia la seguridad de un foro solemne y aunque no tuvo mayores consecuencias desde el punto de vista de la concienciación ecológica universal (se trata de una de esas acciones militantes algo vanidosas que iluminan más los sujetos que sus mensajes) las autoridades, puestas en ridículo, no van a olvidarla fácilmente.

Uralde lleva tres semanas encarcelado. Hace vida de presos. Muy incómoda. Lo desnudan para registrarle, le controlan las conversaciones y sufre los mil desastres de una vida que ha cambiado el hogar por la celda. Entre los desastres cumbre que citan horrorizados sus compañeros está el que lo hayan mezclado con presos comunes. Confieso que me ha sorprendido la expresión. Los presos comunes suplantan con mucha frecuencia la personalidad de otros y suelen entrar también en casa ajena. Desde el punto de vista de los hechos tiene poco sentido la distinción de Greenpeace. Otra cosa son las intenciones, claro: hay quien hace eso para comer (¡incluso para comer caviar!) y hay quien lo hace para salvar el planeta… y poder seguir comiendo caviar. Pero el ámbito de las intenciones es muy resbaladizo. Se ve hasta qué punto patina, por ejemplo, ante la hipótesis de que Uralde hubiese sido mezclado con el tipo (¿un preso político?) que entró con un hacha en la casa de un dibujante danés para decapitarle en nombre de Alá.

Hablar de un preso político en una democracia es un asunto muy delicado. Implica la existencia de una abstracta supralegitimidad a la que los uraldes de este mundo se acogerían. Un privilegio que permitiría asaltar una casa y ser tratado no en razón del hecho sino de la intención, tan buena. Es interesante también confrontar los abstractos beneficios (la salvación del planeta) con los perjuicios concretos (el castigo del jefe de seguridad del palacio de Christianborg). Estas cosas no se ven frente a una dictadura; pero en democracia hay que hacer el esfuerzo de verlas incluso ungido desde la altura de la supralegitimidad.

Greenpeace está en su derecho de reclamar un mejor trato carcelario. Pero convendría que se acogieran a clásulas menos comprometedoras. Para protestar por la mezcla no hace falta que invoquen la distinción entre preso común y preso político. Basta que hablen de privilegios, sin embudos. De la necesidad de extender hasta la cárcel los privilegios de la vida. Yo estoy de acuerdo. Aunque aclarando que rigen para Uralde y para los señores Conde, De la Rosa y Prenafeta, por citar tres presos poco comunes de nuestro tiempo.

Fuente: ElMundo.es

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