La enseñanza pública en Galicia, en peligro

Hoy 28 de junio se ha celebrado en Santiago de Compostela una manifestación de profesores de enseñanza preuniversitaria. Convocada por la mayoría de los sindicatos de educación de Galicia, el motivo ha sido un borrador de decreto que, de aplicarse finalmente, llevaría hasta unos extremos inadmisibles la obsesión de la Consellería de Educación de la Xunta de Galicia por ahorrar dinero en la enseñanza pública, algo que está suponiendo un empeoramiento evidente de las condiciones en que los alumnos reciben sus clases y un abuso continuo de ese funcionario público que es el profesor. Con su aprobación, nuestro sistema educativo público recibiría el golpe de gracia que lo convertirá, casi definitivamente, en un sistema asistencial para los alumnos menores de 18 años que no puedan acceder a otro tipo de educación.

Porque las pretensiones de ese decreto vienen precedidas por lo ocurrido (y que sigue ocurriendo) a lo largo de estos últimos cursos, en los que la administración educativa gallega ha buscado por todos los medios el ahorro de profesorado mediante la estrategia de acumular alumnos en las aulas. Así, un aspecto tan crucial como es la ratio profesor/alumnos ha desaparecido desde hace tiempo como un objetivo de calidad y se ha convertido en algo completamente diferente, en una especie de mina de donde poder eliminar a puñados puestos profesionales. El paso que se quiere dar ahora es el de ampliar indiscriminadamente las funciones y el horario presencial en los centros (también, lectivo) de ese profesorado, el mismo que ya está impartiendo sus clases en aulas donde el aumento paulatino del alumnado hace cada vez más inviable cualquier tipo de educación de calidad, esto es, aquella que intenta ser, de forma profesional, lo más atenta posible a la diversidad intelectual y social del alumnado.

En concreto, el futuro decreto pretende

(a) que los profesores vigilemos (con la correspondiente responsabilidad penal) la llegada y la marcha del alumnado cuando acceden al Centro mediante transporte escolar; la razón, obviamente, es atender a una supuesta petición de los padres por la vía de obligarnos a cumplir un trabajo que no tiene nada que ver con aquello para lo que opositamos y para lo que estamos formados, con el fin de ahorrarse la contratación de los trabajadores adecuados;

(b) que los profesores de secundaria completemos, ya no como medida excepcional sino como algo generalizado, nuestros horarios de clase con la impartición de las llamadas materias afines, esto es, aquellas que directamente no son de nuestra especialidad; la razón, obviamente, es ahorrar en profesorado, al margen por completo de cualquier preocupación por la calidad de la enseñanza, que sufrirá por el aumento del número de alumnos por clase y por poner al frente de unas materias a profesores no cualificados para impartirlas;

(c) que los profesores estemos encerrados obligatoriamente en nuestros centros durante 30 horas a la semana, independientemente de cuál sea nuestro horario fijo lectivo y de atención a padres y alumnado; la razón, obviamente, es preparar el terreno para ampliar de forma arbitraria y abusiva nuestras funciones y actividades, al margen, una vez más, de cuál sea nuestra capacitación profesional y cuáles las condiciones laborales de las que partimos.

La sociedad debe saber que estas medidas atentan contra la calidad de la educación y ayudan, en definitiva, a que el sistema educativo público y gratuito termine convirtiéndose en un sistema de guardería para adolescentes. Lógicamente, ningún padre con recursos y posibilidades querrá condenar a su hijo a que pase los años más importantes de su formación encerrado en aulas masificadas, donde el nivel de enseñanza sea el mínimo posible y donde esa enseñanza venga en ocasiones impartida por personas no cualificadas para ello; lógicamente, los otros padres deberán conformarse con ello…

Dicho con otras palabras, las condiciones materiales y profesionales a las que se está llevando al sistema educativo público en Galicia implicarán que ese carácter público y gratuito termine siendo sinónimo de una mala calidad educativa, la cual, a su vez, será la que habrá de recibir aquel alumnado que no pueda, por razones fundamentalmente económicas, acceder a otra.

Anuncios

La tarima, el usted y la autoridad del profesor

educacionLas ideas de bombero, características de los políticos, se han cebado estos últimos días con el ámbito de la educación. Desde la revolución provocada por la Logse a principios de los noventa, a su vez consecuencia natural de los cambios sociales y culturales acaecidos en España durante la democracia, lo único que se ha hecho con la educación es marearla con leyes y decretos intrascendentes que lo han tocado todo para dejarlo exactamente igual a como estaba.

Tan inútil ha sido, que hasta los políticos se han cansado de ello.

Pero un político aburrido es un peligro.

Y así, en vez de tirar por la vía de la grandilocuencia legislativa, algunos se quieren despeñar por la vía de la re-instauración de medidas simbólicas como solución a todos los males educativos.

Uno dice que los alumnos tienen que tratar a los profesores de usted y la otra que hay que volver a colocar tarimas en todas las aulas para los profesores.

¿De verdad es tan dificilísimo preguntarle un día, aunque sea sin querer, a los profesores por cuáles son sus necesidades más inmediatas? ¿Alguien se cree que en esa encuesta imposible y en el primer puesto de las urgencias más imperiosas  habrían de aparecer la tarima y el usted?

¿Dónde está el problema? El problema está en que esos políticos se creen que el problema de nuestra educación es que los profesores no tienen autoridad, cuando lo que en realidad ocurre es que quien no tiene autoridad es el sistema educativo. Y la autoridad a una institución social no se la confiere el que los funcionarios o trabajadores de la misma trabajen desde una tarima o sean tratados de usted. Obviamente.

Obviamente, este es un tema complejo. Pero lo que no se puede dejar pasar por alto es el intento de los políticos de querer engañar a la población con ocurrencias disparatadas que presentan como si fuesen la clave de todos los problemas. Para seguir viviendo permanentemente de espaldas a la realidad diaria de institutos y colegios públicos. Mientras las autoridades políticas no ejerzan su autoridad dotando al sistema educativo español del sentido y, luego, de los medios adecuados para sacarlo del limbo guarderil donde ahora mismo se halla instalado, ni la tarima ni el usted servirán para otra cosa que no sea para echar unas risas más.

Exámenes

colegioSiempre que se viven las épocas de exámenes parece flotar en el ambiente una pregunta que nunca se llega a formular pero que, aunque bien puede ser un efecto lógico de la tensión, resulta inevitable sentir su presencia: ¿para qué? Claro, no se trata del para qué de perogrullo: los exámenes son para poner las notas, sino del para qué que dé sentido a una serie de pruebas que parecen querer comprobar lo que alguien ha aprendido durante tres meses. A veces, parece legítimo pensar que cómo se puede dar cuenta en una prueba escrita, limitada en el tiempo y a cuestiones concretas, y realizada en condiciones de nerviosismo y situación física completamente anormales, de lo que uno ha aprendido durante tres meses. ¿Se supone que lo que ha contestado ahí es lo que ha aprendido y lo que no, lo que no ha aprendido? ¿Se supone que si ahí y en ese momento no ha contestado como debía es que, efectivamente, no ha aprendido? ¿Es que acaso todo lo que ha aprendido puede ser demostrado en una prueba de ese tipo y realizada en esas circunstancias? ¿Es lo que se pide en un examen lo que permite medir lo aprendido? ¿Tiene sentido pedir lo que a veces se pide en los exámenes? ¿Tiene sentido, en fin, que a veces parezca que la enseñanza se diseña para poder ser demostrada en un examen?

Bien. La depresión post-exámenes existe. Tanto en alumnos como en profesores. Esta reflexión, caótica, descerebrada y un poco sin sentido seguramente es fruto de ella. Pero, ¿a qué es verdad que no debería ser normal que los exámenes fuesen el centro de la educación? ¿A qué es verdad que parece que todo termina cuando terminan los exámenes? ¿A qué es verdad que no puede ser cierto que el aprendizaje tenga un final tan vulgar?

(Por Carlos Míguez)

Sobre Daniel Pennac y su “Mal de escuela”

El escritor francés Daniel Pennac se hizo, hace unos quince años, extraordinariamente popular  entre los interesados en la didáctica de la literatura por un ensayo titulado Como una novela. En él realizaba un encendido elogio de la libertad del lector frente a la tiranía del deber de leer, apostando por un cambio de rumbo en la enseñanza de la literatura que supusiese sustituir una supuesta visión reverencial de las obras literarias por otra centrada en el diálogo abierto, lúdico y libre entre el lector y la obra.

El libro de Pennac, que coincidió históricamente con la extensión académica de una corriente de estudios literarios denominada estética de la recepción y, aquí en España, con la reforma educativa implicada en la Logse, tuvo dos consecuencias de muy distinto signo. Tuvo, por un lado, la consecuencia positiva de abrir el canon de lecturas con el objeto general de promover la lectura entre los jóvenes, antes que promover la lectura de unas determinadas obras, que es lo que se vendría haciendo hasta el momento. Pero tuvo también una consecuencia negativa, en tanto que degeneró en una visión de la literatura excesivamente opuesta a la tradicional; muchos encontraron en el libro un apoyo para convertir a la literatura en un simple entretenimiento, vaciándola por completo de sus valores estéticos, intelectuales y lingüísticos. En cierto sentido, el extraordinario auge de la literatura infantil y juvenil en estos últimos años debe mucho a esta obra de Pennac.

El Pennac de Como una novela, por lo tanto, era un Pennac subversivo: el típico escritor que dice algo que todos pensamos, pero que nunca nos atrevemos a llevar a la práctica. Además, era un Pennac peligroso, porque en su arrebato subversivo simplificaba aquello de lo que hablaba, y olvidaba que en literatura lo que nunca se puede hacer, precisamente, es simplificar las cosas. Con todo, la responsabilidad de Pennac es menor, probablemente, que la de algunos de sus lectores: está claro que muchos de ellos hicieron de su obra una lectura acrítica y, simplemente, se tomaron al pie de la letra algo que Pennac, probablemente, sugería que habría que tener en cuenta no solo en un contexto muy determinado, la enseñanza no universitaria, sino también con la idea que nunca con afán generalizador y, mucho menos, dogmático.

La capacidad de Pennac para dar en el clavo sigue presente en este nuevo ensayo que acaba de publicar, pero también el mismo tipo de riesgos que en el que acabo de comentar.

Pennac habla en Mal de escuela de los alumnos zoquetes. O sea, de los alumnos que no entienden. No de los que no estudian, ni de los que no quieren estudiar, ni de los que se portan mal, no: habla de los alumnos que portándose bien y teniendo interés, no entienden, no comprenden muchas cosas que se les explican o tienen que estudiar.

Lo interesante del libro es que Pennac habla en primer persona, porque, según nos cuenta, él fue uno de esos niños. Este es el principal golpe de efecto del libro, pues le permite demostrar de forma fehaciente su tesis principal: ser zoquete en la escuela no significa ser zoquete el resto de la vida. Pero en este golpe de efecto es donde está, precisamente, el principal riesgo de libro, que, como en el antes comentado, no es otro sino el simplificar las cosas.

Lo primero que habría que preguntarse, pues Pennac en el texto no lo precisa aunque su título, sin embargo, parezca dejarlo claro, es cuántos niños-zoquetes hay. Pennac llama mal de escuela (en francés en el original, Chargrin d’Ecole) a la condena que la escuela hace de esos niños, cerrándoles las puertas, a lo que parece, de su futuro solo porque en sus aulas no den la talla que se espera de ellos. ¿Dónde está el riesgo aquí? En el mismo sentido en que en su obra sobre la lectura su falta de precisión parecía dejar abiertas las puertas a hacer de la literatura un juguete, ahora Pennac deja puertas y ventanas abiertas a la posibilidad de que la escuela no sirva para nada, porque cualquier persona puede triunfar en la vida aun habiendo sido un zoquete en clase.

Pennac está, por lo tanto, simplificando las cosas por omisión, y cayendo en la trampa, también como le ocurría en el otro libro, de un determinado contexto cultural: aquí, ahora, el contexto de una sociedad que día a día nos demuestra a través sobre todo de la televisión que cualquier zoquete puede triunfar y ser alguien en la vida.

Por supuesto que Pennac no se refiere a ese tipo de triunfos, pero al hablar de sí mismo como el zoquete que se convirtió en profesor, parece como si quisiese decir: a fin de cuentas, eso quiere decir que lo que se ve en la escuela no tiene mayor importancia para el futuro.

Si nuestra intelectualidad educativa no estuviese ya tan atiborrada de lecturas geniales sobre cómo cambiar la educación, es probable que la lectura de esta obra de Pennac hubiese tenido, por lo que acabamos de ver, una consecuencia terriblemente negativa: en vez de asumir que el tipo de alumnos de los que habla Pennac es una minoría, se interpretaría que es la mayoría, por lo que habría que concluir que a la enseñanza actual habría que convertirla no en algo, mejor o peor planteado, que se le ofrece al alumno, sino en algo que dependa de lo que este pida.

Por lo demás, curiosamente, es probable que la que para mí es la idea más valiosa de su libro, pueda pasar inadvertida: Pennac nos dice que los profesores deben querer a sus alumnos. O sea, Pennan nos dice que antes de colgarse los disfraces de profesores y alumnos, hay que identificarse como personas, y establecer una relación de afectividad que luego pueda convertir la comunicación intelectual en algo no mecánico, sino profundamente humano. Que solo así es posible romper las barreras de incompresión que muchas veces hay entre unos y otros, y que solo así es posible dar un sentido pleno y profundo a la palabra educación.